Desde la calma del mediodía romano, el Papa León XIV habló con la serenidad de quien lleva fuego en el verbo. Frente a los periodistas reunidos en Castel Gandolfo, la semana pasada, el primer pontífice nacido en Chicago —hijo del viento, del lago y del acero, así como de los andes peruanos— levantó la voz contra los pecados del imperio del mal.
Por Lux Fer
“Jesús fue muy claro”, dijo, con un temblor que era compasión y advertencia. “Al final de los tiempos se nos preguntará: ¿Cómo recibiste al extranjero? ¿Lo acogiste o lo rechazaste?”
Las palabras parecían suaves, pero eran como los azotes a los fariseos. Porque no eran teología abstracta: eran el eco de su propia ciudad natal, Chicago, que desde septiembre se había convertido en escenario de una purga racial. Agentes de ICE, con parafernalia militar, descendiendo en helicópteros sobre los barrios del sur, esposando vecinos, separando familias, profanando los hogares como si fueran templos enemigos.
Chicago —la ciudad de su infancia, donde el pan se comparte entre inmigrantes— se había vuelto el Gólgota de los inmigrantes y hasta de ciudadanos.
La eucaristía negada
El sábado primero de noviembre, un grupo de sacerdotes y un obispo auxiliar intentaron llevar la Eucaristía a los detenidos del Centro de Procesamiento de Broadview, en las afueras de Chicago. Fueron rechazados. Lo habían intentado antes; se les negó otra vez.
Esa fue la gota de hiel. León XIV —antes conocido como el cardenal Robert Prevost, aquel misionero que en Perú compartió pan y oxígeno con los pobres durante la pandemia— sintió que su deber era recordar a su país natal lo que había olvidado: que la fe sin compasión es política disfrazada.
“Los derechos espirituales de quienes están detenidos también deben ser respetados”, dijo. “Y exhorto a las autoridades a permitir que los trabajadores pastorales atiendan sus necesidades.” Era una invitación envuelta en terciopelo, pero con filo de espada. En su voz se oía al profeta, no al diplomático.
El Evangelio según Mateo 25
Leo repite un pasaje una y otra vez, como un rezo que desvela: “Fui forastero, y me acogiste. Fui extranjero, y me diste posada.” Para él, esa frase no es poesía: es el testamento final de Cristo. En ella se decide la salvación o la condena de los pueblos.
Los que construyen muros —dice— son los nuevos faraones. Los que niegan agua al sediento son los verdugos del siglo XXI. Y los que se llaman “provida” mientras celebran redadas, son los mercaderes del templo disfrazados de santos.
La antorcha del juicio
“Alguien que dice estar contra el aborto pero apoya el trato inhumano a los migrantes,” dijo León en una de sus homilías más duras, “no es provida. Es pro hipocresía.”
Y en Washington se encendieron los cenáculos del poder. La Casa Blanca respondió con la voz gélida de su portavoz: “Rechazamos cualquier insinuación de trato inhumano.” Pero el daño ya estaba hecho. El Papa había encendido la antorcha que ningún gobierno puede apagar: la del juicio moral.
Chicago, ciudad del alma
El Papa no habla desde Roma, aunque viva allí. Habla desde los barrios de su niñez, desde las avenidas donde las iglesias comparten esquina con las taquerías y los templos bautistas. Su Chicago interior arde cada vez que ve un operativo con helicópteros y uniformes militares, como si la guerra se hubiera mudado a casa.
Por eso, cuando mira las cifras —mil detenidos desde que comenzó la llamada Operación Midway Blitz— el Papa no ve números: ve rostros. “Son hijos, son madres, son rostros de Cristo”, dice. “Y cuando los arrastran fuera de sus casas, Cristo vuelve a ser crucificado.”
El juicio al imperio del Mal
León XIV ha convertido su papado en un espejo. Allí donde el mundo ve amenaza, él ve niñez. Donde otros levantan muros, él imagina puentes. Y cuando Trump manda tropas a su ciudad natal, él responde con Evangelio: “Toda sociedad que sacrifica la dignidad humana en nombre de la seguridad está edificando su casa sobre arena.”
El Papa no llama a la rebelión, sino a la conversión. Pero su mensaje suena, para el régimen, como una herejía política. Porque recuerda a los poderosos que el juicio final no lo dicta el Congreso, sino la conciencia. Y León, con su voz templada, repite el versículo prohibido: “Lo que hiciste con uno de estos pequeños, conmigo lo hiciste.”
Estados Unidos ante el espejo
La parábola del Papa no se dirige solo a Trump, sino al alma de un país que se mira en el espejo y no reconoce su rostro. Un país que una vez se llamó “tierra de los libres”, ahora mide su fe en números de deportaciones y metros de muro.
Desde Castel Gandolfo, el pontífice no lanza rayos, lanza preguntas: ¿Dónde están los buenos samaritanos de este siglo? ¿Quién abrió la puerta al forastero? ¿Quién cambió el evangelio por una orden ejecutiva? Cada frase es un dardo, cada pausa una plegaria. Porque León XIV sabe que las naciones también se salvan o se condenan.
El último Mandamiento
El viento de Chicago sigue soplando sobre Roma. En él viajan las voces de los migrantes que no pudieron hablar. Y el Papa —el hijo del lago, del acero y los andes— las escucha como una letanía. “Al final,” dice, “no se nos preguntará cuántas fronteras defendimos, sino cuántas almas dejamos entrar.”
Y así, su parábola queda suspendida entre la homilía y la crónica: un evangelio para el siglo de los drones, una advertencia para un imperio que olvidó el mandamiento más antiguo: no cerrar el corazón al extranjero, porque también tú fuiste extranjero alguna vez.




































